Dicen que la realidad supera a la ficción. Tengo mis dudas, francamente. Pero en contadas ocasiones, un atisbo de grandeza —para bien o para mal— enmarca la vida en oro y sangre ante el mirar atónito del público. Como quien flota en el espacio exterior y observa fascinado el globo terráqueo, frente a tales momentos el literato no puede sino rendirse ante el verso y la tragedia de su mundo. Hoy quiero hablarles de tres de esos casos, separados por apenas unos años en aquel nuestro convulso —cómo no— siglo XVII.
Sólo una década ha pasado desde que el belga Simon Leys publicara un mínimo relato que hace poco traducía Acantilado. En Los náufragos del «Batavia» se nos cuenta —con estupenda brevedad— la historia de una travesía de las que ya no existen: sin el Canal de Suez, ocho meses de navegación separaban Holanda —sede de la Compañía de las Indias Orientales— de la rica en especias Yakarta —entonces Batavia—. La expedición en sí ya es épica, pues sólo una parada en el Cabo de Buena Esperanza aligeraba la «prueba espantosa» que la vida en el mar suponía no hace tanto. Pero lo que marcó aquel viaje —primero, por cierto, de un navío que, como el Titanic, encarnaba «el orgullo y el poderío de su época»— llegó después de la escala en el Cabo: lo rudimentario de la navegación de otro tiempo llevó al Batavia hasta la inhóspita costa occidental de Australia. Allí, en la noche del 3 al 4 de junio de 1629, el barco quedaba encallado en los arrecifes de Houtman Abrolhos —un grupo de islotes aún hoy deshabitados, a unos ochenta kilómetros mar adentro—, donde resistió unos días antes de hundirse para siempre.
Los que salieron con vida —unos trecientos hombres y mujeres— fueron trasladados a una de las islas, y allí malvivieron hasta que una expedición comandada por el capitán y el sobrecargo regresó con ayuda desde Java, un mes después. Para entonces, casi la mitad de los supervivientes había muerto ya; pero no los mató el hambre ni la enfermedad, sino «un psicópata que los sometió a un régimen de terror». Durante el trayecto, Jeronimus Cornelisz —sobrecargo ayudante— había tramado un motín que se hiciera con el barco y sus riquezas. Ya en los arrecifes, este «criminal —según Leys— superiormente dotado» tomó el mando y, viendo que sus secuaces eran minoría, aplicó a su gobierno la más estricta lógica: «Para rectificar esta peligrosa desproporción, concibió una solución radical; simplemente había que reducir el número de supervivientes». Comienza así un recital de matanza y violación, en el que todo hijo de vecino era incitado a probar su fidelidad a través del asesinato. Cornelisz —antiguo boticario perseguido por la justicia y discípulo, quizás, del misterioso y satánico pintor Johannes Torrentius— no cometió personalmente un solo crimen —eso no le libró de la amputación de ambas manos y, finalmente, de la horca—. Pero «de este modo todo el mundo acabó por estar implicado en aquella masacre permanente. Al final, ¿quién era cómplice y quién víctima?».
A más de uno estas palabras no dejarán de recordarle las atrocidades del siglo XX en nuestra Europa. Lo mismo debió de pasarle a Leonardo Sciascia, pues en su presentación de la Historia de la columna infame —escrita por Alessandro Manzoni en 1842— no dudaba en comparar lo que allí se cuenta con la locura del fascismo: «Decir que el pasado ya no existe —que la tortura institucional ha sido abolida, que el fascismo fue una fiebre pasajera que nos ha vacunado— es de un historicismo de profunda mala fe, cuando no de profunda estupidez. La tortura sigue existiendo. Y el fascismo sigue vivo». Pero repasemos el relato de Manzoni. Hacia las cuatro y media de la madrugada del 21 de junio de 1630, una «mujerzuela» veía desde su ventana cómo un hombre vagaba por las calles y se arrimaba sospechosamente a las paredes. Ya se debiera a ignorancia o mala idea, a la tipa se le ocurrió que estaba viendo a un «untador» —así llamaban entonces a unos supuestos malvados que dedicaban su tiempo a embadurnar puertas y muros con el germen de la peste—. Tanto era el miedo, que —después de torturas y calumnias— un barbero y un comisario de sanidad acabaron confesando tal delito. Y es que, como dice Manzoni, «hay cosas que en una novela se tacharían de inverosímiles, pero que por desgracia la ceguera de la rabia basta para explicar». Y rabia no faltaba —claro está—: la «infernal sentencia» disponía que los dos hombrecillos «fuesen conducidos al suplicio en un carro, marcados con hierro candente durante el camino, que les fuese cortada la mano derecha delante de la botica de Mora —uno de los reos—, quebrados los huesos con la rueda y, atados a ella, alzados del suelo, al cabo de seis horas estrangulados, quemados los cadáveres y lanzadas al río las cenizas». Los que entonces mandaban no ocultaban —como hoy— sus fechorías: derruida, como era costumbre, la casa de Mora —y prohibida en el lugar cualquier futura construcción—, allí se alzó una infame columna que a todos recordase lo ocurrido.
Al propio Sciascia le debemos nuestra última incursión en la realidad. En Muerte del inquisidor —el libro más querido por su autor, «el único que releo y sobre el que aún me devano los sesos»— repasa la historia de un hombre misterioso que, tras ser encarcelado y torturado por el Santo Oficio de Sicilia, se las ingenió para dar muerte al inquisidor del reino. Nunca se supo qué delitos llevaron a fray Diego La Matina —así se llamaba nuestro héroe— a las mazmorras del ilustre tribunal. Pero sí sabemos que el 4 de abril de 1657 recibía sepultura en la iglesia de Santa María don Juan López de Cisneros, a quien, «habiendo ido a visitar a unos prisioneros que se hallaban encerrados en las cárceles del palacio de los inquisidores, se le puso delante un religioso […]; y el dicho fraile, con espíritu verdaderamente diabólico y rompiendo los grilletes que llevaba en las muñecas, con esos mismos hierros le dio muchos golpes, dos de ellos mortales, uno en la frente y otro más grave en la cabeza, a causa de los cuales murió». Así recogía la noticia en su diario un doctor de la época. Y así nos legaba la prueba de que a veces las cadenas —instrumento de opresión por excelencia— se vuelven contra aquel que las forjó.























