Cosas que pasan

Dicen que la realidad supera a la ficción. Tengo mis dudas, francamente. Pero en contadas ocasiones, un atisbo de grandeza —para bien o para mal— enmarca la vida en oro y sangre ante el mirar atónito del público. Como quien flota en el espacio exterior y observa fascinado el globo terráqueo, frente a tales momentos el literato no puede sino rendirse ante el verso y la tragedia de su mundo. Hoy quiero hablarles de tres de esos casos, separados por apenas unos años en aquel nuestro convulso —cómo no— siglo XVII.

Sólo una década ha pasado desde que el belga Simon Leys publicara un mínimo relato que hace poco traducía Acantilado. En Los náufragos del «Batavia» se nos cuenta —con estupenda brevedad— la historia de una travesía de las que ya no existen: sin el Canal de Suez, ocho meses de navegación separaban Holanda —sede de la Compañía de las Indias Orientales— de la rica en especias Yakarta —entonces Batavia—. La expedición en sí ya es épica, pues sólo una parada en el Cabo de Buena Esperanza aligeraba la «prueba espantosa» que la vida en el mar suponía no hace tanto. Pero lo que marcó aquel viaje —primero, por cierto, de un navío que, como el Titanic, encarnaba «el orgullo y el poderío de su época»— llegó después de la escala en el Cabo: lo rudimentario de la navegación de otro tiempo llevó al Batavia hasta la inhóspita costa occidental de Australia. Allí, en la noche del 3 al 4 de junio de 1629, el barco quedaba encallado en los arrecifes de Houtman Abrolhos —un grupo de islotes aún hoy deshabitados, a unos ochenta kilómetros mar adentro—, donde resistió unos días antes de hundirse para siempre.

Los que salieron con vida —unos trecientos hombres y mujeres— fueron trasladados a una de las islas, y allí malvivieron hasta que una expedición comandada por el capitán y el sobrecargo regresó con ayuda desde Java, un mes después. Para entonces, casi la mitad de los supervivientes había muerto ya; pero no los mató el hambre ni la enfermedad, sino «un psicópata que los sometió a un régimen de terror». Durante el trayecto, Jeronimus Cornelisz —sobrecargo ayudante— había tramado un motín que se hiciera con el barco y sus riquezas. Ya en los arrecifes, este «criminal —según Leys— superiormente dotado» tomó el mando y, viendo que sus secuaces eran minoría, aplicó a su gobierno la más estricta lógica: «Para rectificar esta peligrosa desproporción, concibió una solución radical; simplemente había que reducir el número de supervivientes». Comienza así un recital de matanza y violación, en el que todo hijo de vecino era incitado a probar su fidelidad a través del asesinato. Cornelisz —antiguo boticario perseguido por la justicia y discípulo, quizás, del misterioso y satánico pintor Johannes Torrentius— no cometió personalmente un solo crimen —eso no le libró de la amputación de ambas manos y, finalmente, de la horca—. Pero «de este modo todo el mundo acabó por estar implicado en aquella masacre permanente. Al final, ¿quién era cómplice y quién víctima?».

A más de uno estas palabras no dejarán de recordarle las atrocidades del siglo XX en nuestra Europa. Lo mismo debió de pasarle a Leonardo Sciascia, pues en su presentación de la Historia de la columna infame —escrita por Alessandro Manzoni en 1842— no dudaba en comparar lo que allí se cuenta con la locura del fascismo: «Decir que el pasado ya no existe —que la tortura institucional ha sido abolida, que el fascismo fue una fiebre pasajera que nos ha vacunado— es de un historicismo de profunda mala fe, cuando no de profunda estupidez. La tortura sigue existiendo. Y el fascismo sigue vivo». Pero repasemos el relato de Manzoni. Hacia las cuatro y media de la madrugada del 21 de junio de 1630, una «mujerzuela» veía desde su ventana cómo un hombre vagaba por las calles y se arrimaba sospechosamente a las paredes. Ya se debiera a ignorancia o mala idea, a la tipa se le ocurrió que estaba viendo a un «untador» —así llamaban entonces a unos supuestos malvados que dedicaban su tiempo a embadurnar puertas y muros con el germen de la peste—. Tanto era el miedo, que —después de torturas y calumnias— un barbero y un comisario de sanidad acabaron confesando tal delito. Y es que, como dice Manzoni, «hay cosas que en una novela se tacharían de inverosímiles, pero que por desgracia la ceguera de la rabia basta para explicar». Y rabia no faltaba —claro está—: la «infernal sentencia» disponía que los dos hombrecillos «fuesen conducidos al suplicio en un carro, marcados con hierro candente durante el camino, que les fuese cortada la mano derecha delante de la botica de Mora —uno de los reos—, quebrados los huesos con la rueda y, atados a ella, alzados del suelo, al cabo de seis horas estrangulados, quemados los cadáveres y lanzadas al río las cenizas». Los que entonces mandaban no ocultaban —como hoy— sus fechorías: derruida, como era costumbre, la casa de Mora —y prohibida en el lugar cualquier futura construcción—, allí se alzó una infame columna que a todos recordase lo ocurrido.

Al propio Sciascia le debemos nuestra última incursión en la realidad. En Muerte del inquisidor —el libro más querido por su autor, «el único que releo y sobre el que aún me devano los sesos»— repasa la historia de un hombre misterioso que, tras ser encarcelado y torturado por el Santo Oficio de Sicilia, se las ingenió para dar muerte al inquisidor del reino. Nunca se supo qué delitos llevaron a fray Diego La Matina —así se llamaba nuestro héroe— a las mazmorras del ilustre tribunal. Pero sí sabemos que el 4 de abril de 1657 recibía sepultura en la iglesia de Santa María don Juan López de Cisneros, a quien, «habiendo ido a visitar a unos prisioneros que se hallaban encerrados en las cárceles del palacio de los inquisidores, se le puso delante un religioso […]; y el dicho fraile, con espíritu verdaderamente diabólico y rompiendo los grilletes que llevaba en las muñecas, con esos mismos hierros le dio muchos golpes, dos de ellos mortales, uno en la frente y otro más grave en la cabeza, a causa de los cuales murió». Así recogía la noticia en su diario un doctor de la época. Y así nos legaba la prueba de que a veces las cadenas —instrumento de opresión por excelencia— se vuelven contra aquel que las forjó.

Robinsones

Decía Melville que algo nos llama en el mar; y quizás algo nos llame también en las islas. Algunos traducen su deseo en paraísos vacacionales, de difícil acceso y reservados a los más intrépidos; e incluso hay quien compra un rincón con el único fin de garantizar su soledad. Así es este mundo moderno y urbano: lo que unos vivieron como pesadilla es en nuestros días el sueño dorado de unos pocos. Desde el arrecife del Recluso —en Cerdeña—, donde nos cuenta Schwob que naufragaron siete naves tripuladas por niños cruzados, cuya inocencia debía ser el arma decisiva contra el infiel, hasta el Reino de Redonda —hermoso legado literario transmitido entre escritores desde los tiempos de M. P. Shiel—, nos atraen los islotes más recónditos del mar. Y desde Mowgli hasta Tarzán, pasando por el misterioso adolescente Kaspar Hauser —que apareció un buen día en el Nuremberg de 1826, después de haber crecido, al parecer, en aislado cautiverio—, algo tienen también los solitarios de verdad —los que lo son tanto que se les tacha de «salvajes»—.

Hoy quiero hablarles del más famoso de todos ellos: Robinson Crusoe. O mejor, les hablaré de los Robinsones de carne y hueso —que los hubo—. Tal vez conozca el lector la novelita que el pensador y médico andalusí Ibn Tufail —Abentofail entre nosotros— escribiera en el siglo XII y que se suele traducir como El filósofo autodidacta. Dicen que quizás en ella encontró inspiración Defoe para su libro. Yo la tengo en una edición publicada por Trotta hace ya unos años: allí se relata la historia de Hayy, un muchacho que crece en una isla desierta y va desarrollando su intelecto de manera natural hasta llegar —él solito— a las más elevadas verdades. He aquí la intención de este clásico de Al-Ándalus, al que —más que la aventura— le interesa el perfeccionamiento humano y la idea de que la gran filosofía —desde el principio de la vida hasta la existencia de Dios— está en todos nosotros. Es cierto que Defoe se vale también de la aventura para mostrarnos cómo su héroe se las ingenia para sobrevivir, merced a la Providencia divina y a un agudo sentido de la economía y la eficacia; pero más probable parece que Robinson tuviera su germen en un par de historias reales.

El marinero Robert Knox llegó a las costas de Ceilán en noviembre de 1659, tras sufrir daños el barco en que viajaba rumbo a Persia. Allí, junto a otros quince hombres —entre ellos su propio padre—, fue hecho cautivo por el rey del lugar. No les trataron mal, según dicen; pero pasaron 19 años antes de que Knox consiguiera escapar junto a un camarada y llegar a un fuerte holandés desde el que fueron trasladados a Batavia —la actual Yakarta—. En el camino de vuelta a Inglaterra —ya en 1680—, Knox dejó constancia escrita de su periplo en un libro que, sin duda, leyó Defoe. Pero la fuente más directa parece haber sido la experiencia de Alexander Selkirk, marino escocés que —tras dar problemas a un superior— fue abandonado a su suerte en una isla desierta del Pacífico, armado con mosquete, cuchillo y una Biblia. Allí vivió cuatro años, hasta ser rescatado por el Duke del corsario Woodes Rogers. El bueno de Selkirk —para entonces experto superviviente y cazador— sirvió de gran ayuda a la enferma tripulación, y el capitán Rogers le acabaría poniendo al frente de uno de sus barcos y contando esta odisea en sus relatos de viajes. Lo mejor de todo es que la isla —la mayor de las que forman el archipiélago de Juan Fernández— fue rebautizada por el gobierno chileno en 1966 como Isla de Robinson Crusoe. Allí se encontraron —no hace mucho— restos de aparejos que se cree pertenecieron a Selkirk. En tiempos del «náufrago», el islote se llamaba Más a Tierra, hermano gemelo de Más Afuera, hoy renombrado como Isla de Alejandro Selkirk.

También pudo conocer Defoe la historia de Pedro Serrano, capitán español que naufragó en 1526 y sobrevivió durante ocho años en el desierto arenal del Mar Caribe que hoy se llama —en su honor— Banco de Serrana. La supervivencia fue épica, pues su dieta consistía en animalillos, agua de lluvia y sangre de tortuga. Irónicamente, llevaba tres años en el lugar cuando otro náufrago llegó a la isla: acostumbrado a la soledad, «Serrano imaginó que era el demonio que venía en figura de hombre para tentarle en alguna desesperación». Y lo que es el ser humano: no pasó mucho tiempo sin que riñeran y se apartaran el uno del otro —eso sí: pronto entraron en razón y vivieron en paz cuatro años más—. En 1534, cuando lograron por fin hacer valer sus señales de humo, el compañero murió poco después del rescate, sin ver ni siquiera tierra firme. Serrano llegó a España, donde inició una nueva y próspera vida contando su historia —aunque hay quien dice que ya estaba loco cuando fue rescatado—. Hasta conservó su larga barba para ser más creíble, trenzándola de noche porque «se tendía por toda la cama y le estorbaba el sueño». Todo ello nos lo cuenta por primera vez el Inca Garcilaso en sus Comentarios reales. Doy crédito al relato, y es obvio que en tierras de Monterone nadie duda que los restos hallados en la zona hace dos décadas pertenecieron a Serrano y a su huésped.

Plus ultra

El camino se atisba cuando menos se lo espera. Basta entonces una frase —una pequeña arenga— para devolver el coraje al viajero y animarle a seguir abriendo paso en la maleza. Así estas notas, que creían permanente su cómodo letargo, recibieron no hace mucho el impulso de alzarse y respirar —al menos— una vez más. No concierne al lector conocer el origen del viento, pues prefiere —seguro— explorar sus propias fuentes. Las del Nilo, del saber o de la eterna juventud: cualesquiera si nos hacen caminar un nuevo día en busca de algo más allá.

Plus ultra —más allá—. Así rezaba el lema de la España de los Austrias; el que había llevado a Colón a «descubrir» una tierra que pisaron los vikingos siglos antes. La historia me viene a la memoria gracias a la edición ilustrada que Nórdica nos trae de La saga de Eirík el Rojo, hermoso volumen —como todos los de esta cuidada colección de tomitos— que nos devuelve este anónimo islandés del siglo XIII ya editado por Siruela en su momento. Como buena saga que es, el texto es disperso y nos despista con su afán cronístico y genealógico, abriendo sendas que apenas se exploran —así lo querían entonces, y así debe quererse en Monterone—. Pero allí encontramos el relato de cómo Erik y los suyos partieron de suelo islandés para llegar a Groenlandia, y cómo desde allí, estando tan cerca —¡qué presunción pensar que se había llegado antes desde la lejana España!—, su hijo Leif Eriksson pisó América por vez primera alrededor del año 1000 —hasta la fecha es estupenda—. Conservamos incluso un mapa del siglo XV —que supuestamente reproduce otro del XIII— en el que vemos la tierra de Vinlandia, primera silueta de un nuevo continente limitado —por entonces— a la actual Terranova.

Los vikingos renunciaron a su edén pocos años después de su llegada, cansados de la hostilidad de los nativos. La colonia de Leifbundir quedaba así reducida a una aventura entre las muchas que contaban las sagas medievales; un mito que muchos negarían hasta que la arqueología moderna encontrara —hace sólo medio siglo— restos vikingos en la zona. Pero los españoles —y otros como ellos— prefirieron hacerse con el suelo a cualquier precio —¡no era para menos!—. Y ya se sabe que quien tiene cinco quiere diez: si de la vieja Europa habían surgido los mitos de otras tierras prometidas, el Nuevo Mundo —un vergel sobre oro y plata—  concibió otra cría del avaro: El Dorado. La leyenda procedía de los ritos de ciertos indígenas andinos, que cubrían de oro —al parecer— a su líder. Comienza entonces un sinfín de expediciones, pero sólo una me interesa en estas líneas: la que recogiera en un librito Robert Southey, insigne hispanista y poeta eclipsado —claro está— por el genio de los grandes románticos ingleses. El texto se titula La expedición de Ursúa y los crímenes de Aguirre, y nos lo acerca —con tanto mimo como siempre— la editorial de Javier Marías —rey literario, a su vez, de otra isla de leyenda—.

En 1560, ciertos indios brasiles que huían de los portugueses llegaron a zona española hablando de los omaguas, pueblo tan rico en oro como deseoso de cambiarlo por hierro. Así se lo hicieron saber a los brasiles, y así llegó el mensaje a los colonos españoles. Tan feliz noticia no podía pasar sin efectos, y pronto un grupo de soldados se puso en marcha desde Perú a las órdenes del navarro Pedro de Ursúa. Debía de ser bastante ingenuo el tal Ursúa, pues no hizo mucho caso a las advertencias sobre el hatajo de maleantes que llevaba consigo. Y así le fue: no pasó mucho tiempo antes de que sus hombres, cansados de vagar y no encontrar, se rebelaran y le dieran muerte, poniendo en su lugar a don Fernando de Guzmán. Para los rufianes de tal ralea, El Dorado no es más que una quimera: pronto deciden cambiar su objetivo y dirigirse de nuevo a Perú con la insana intención de conquistarlo. Y es que, en asunto de motines, todo es empezar: muerto Ursúa, los rebeldes no tardaron en negar también la autoridad del rey español y en nombrar a don Fernando su monarca, manejado —eso sí— por el infame Lope de Aguirre. Este acabaría haciéndose con el mando y dando muerte a buena parte de sus «súbditos». Pero su régimen del terror no duró: los pocos que no despertaron sus sospechas acabaron desertando con la esperanza del perdón real. Sólo uno se mantuvo fiel a Aguirre, pues «había sido su amigo en vida y lo sería en la muerte». El bueno de Llamoso —así se llamaba— fue después capturado y descuartizado en Pamplona. Así se paga la amistad del malvado.

Y no minas de oro, sino el mismísimo Edén, buscaba san Brandán en su periplo. Este monje irlandés, que dedicó sus esfuerzos a la evangelización allá por el siglo VI, es hoy recordado por haber fletado —junto a otros monjes— un barquito con el que ir en busca del Paraíso Terrenal. El supuesto viaje no tardó en ser relatado en latín, y sus posteriores traducciones convirtieron la historia en un auténtico bombazo medieval. Tras siete años de aventuras, y ayudados por algún que otro «mensajero», los monjes alcanzaron su destino. Pero quiero detenerme en uno de los episodios que el arzobispo Benedeit narró a principios del siglo XII en su Viaje de san Brandán, la versión más conocida del relato —yo lo tengo en uno de aquellos preciosos volúmenes medievales de Siruela, de antes de que se renovara el diseño de la colección—. Pues bien, allí se nos cuenta cómo Brandán —o Borondón— y los suyos celebraron la misa en cierta isla que, al calor del fuego de la cena, empezó a temblar como si el mundo se acabase. Puestos a salvo, nuestros audaces monjes comprobaron que habían rezado «no encima de tierra firme, sino en el lomo de una bestia». Este Leviatán —creado, dice Brandán, «antes que los demás peces del mar»— es el origen de la mítica isla de San Borondón, que algunos sitúan en América y otros en Islandia o Canarias. Todavía hoy, existe en las Canarias la leyenda de una octava isla que hay quien ha visto ir y venir en las aguas del Atlántico. Otros barcos se fletaron en su busca… Y es que el mito nunca nos niega su alimento. Unos a otros se amamantan. Y yo —créanme— buscaré la isla en mi próxima visita al archipiélago.

La cuestión armenia

«El abuelo recorría las calles con el trípode a la espalda. A veces, algún que otro soldado alemán le pedía que lo retratase para que los suyos se cerciorasen de que todavía estaba vivo en aquella guerra contra los rusos. Después, retrató a los rusos que querían que los suyos se cerciorasen de que todavía estaban vivos en la guerra contra los alemanes. Y, finalmente, retrató a los que volvían a casa y que, no teniendo a quien mandar las fotografías, querían cerciorarse por sí mismos de que estaban todavía vivos». Estas palabras proceden de El libro de los susurros, en el que Varujan Vosganian repasa la historia armenia —que no es sólo la de Armenia— en el siglo XX: la masacre y el exilio entre 1915 y 1922; la emigración por Europa y el auge del fascismo; la guerra, Stalin, la repatriación a la Armenia soviética; la vuelta al principio. Terror, esperanza y desengaño recorren cada página de este hermoso libro que Pre-Textos nos ofrece: «Así, mi pueblo se cruzó con la Historia, de la misma manera que no se puede pasar de una orilla a otra sin atravesar el río».

Mi primer contacto con el genocidio armenio fue —muchas décadas más tarde— el mismo que tuvo medio mundo. En la Europa convulsa de 1933, una estupenda novela ponía ante los ojos de todos lo que había sucedido en el Imperio Otomano durante la Primera Guerra Mundial. Entonces, las grandes potencias habían estado demasiado ocupadas para preocuparse por un pueblecito ancestral y olvidado que formaba una minoría —de tres millones de personas, eso sí— en suelo turco. A día de hoy, en Turquía viven menos de cien mil armenios: de aquellos tres millones, la mitad fueron asesinados o murieron durante las marchas de deportación por el desierto sirio; el resto se dispersó por el mundo. A la luz de lo ocurrido después, es difícil recordar estos hechos sin pensar en la llamada «cuestión judía»; y así se leyó la novela de la que les hablo: Los cuarenta días del Musa Dagh. Su autor —el austríaco judío Franz Werfel, huido primero a Francia y luego a California, donde murió poco después de la caída de la bomba en Hiroshima— se documentó a conciencia para recrear las semanas que una pequeña comunidad armenia resistió en el Musa Dagh —el «monte de Moisés»— en 1915. El libro fue muy bien recibido por la crítica, pero sobre todo se convirtió en un éxito entre miles de lectores que vieron en él —además de una puerta al genocidio— un símbolo de la Europa en ciernes. Los nazis no llegaron a prohibirlo, aunque fue declarado «indeseable» y valió a su autor la expulsión de la Academia de las Artes de Prusia. A cambio, el bueno de Werfel se convertía en «el héroe nacional del pueblo armenio», que siempre le ha agradecido su noble labor.

La verdad es que esta gente nunca tuvo suerte, pues del viejo esplendor pasó a la ocupación continua de unos y otros, hasta que las guerras más recientes dejaron el país en manos turcas y rusas —Armenia no fue oficialmente independiente hasta 1991, y eso que las invasiones, con sus idas y venidas, empezaron con los persas en el siglo V—. En la Rusia soviética está, precisamente, mi próxima parada. En los últimos años veinte, era costumbre en la U.R.S.S. enviar a escritores a las diversas repúblicas anexionadas a la Unión para dar fe de los progresos allí propiciados por el socialismo. Tales ensayos no pasaban —por lo general— de una apología de las glorias de la revolución. Pero algunos —por curiosidad intelectual o por simple sentido del deber— aprovecharon la ocasión para conocer otras costumbres y aprender de la experiencia: «No hay nada tan instructivo y gozoso como sumergirse en una sociedad formada por gente de una raza completamente distinta a la tuya, que respetas, por la que sientes simpatía, de la que te enorgulleces desde fuera» —escribe Ósip Mandelstam en su Viaje a Armenia.

El poeta soñaba con conocer la región, pues en ella veía el eslabón entre lo heleno y lo oriental, además de la tierra ancestral del Antiguo Testamento y el cristianismo originario. En el Viaje —que ahora nos trae Acantilado— se adivina ya el fondo crítico que habría de perder al autor: su visita duró casi seis meses, de mayo a octubre de 1930 —cuando la zona aún era parte de la República Soviética de Transcaucasia—, y allí le dijo a su mujer que lo que veían —la huella de una masacre— «era lo mismo que en casa, sólo que aquí resultaba más evidente». Publicado en 1933 por la revista Znamia —cuyo redactor, por cierto, perdió su empleo—, el texto hizo que a Mandelstam se le exigiera una retractación pública que no quiso hacer. No mucho después, es detenido y desterrado a los Urales por escribir un epigrama contra Stalin. Tras varios años y un intento de suicidio, regresa a la Unión, pero sólo para ser arrestado de nuevo en 1938 y deportado a un campo de trabajo en Siberia. Se las apañó para hacer llegar a su esposa una nota pidiéndole ropa de abrigo —que no recibió—. Nunca más se supo de él. Murió por causas desconocidas ese mismo invierno: «El rey Shapuh —escribía proféticamente al final del Viaje— me ha vencido y, peor todavía, ha absorbido mi aire».

«Dicen que después de la matanza todos los pozos quedaron llenos de cadáveres», escribe Nadezhda Mandelstam. Así se supo siempre lo ocurrido: con la neblina del rumor y la leyenda. Pero lo cierto es que cuando ella y su esposo recorrían las calles de Shushá, «el panorama de catástrofe y carnicería era horrorosamente palpable». Incluso hoy las autoridades turcas siguen negando su carácter programado y lo achacan a los males de la guerra —que se lo digan al Nobel Pamuk, a quien juzgaron no hace mucho por hablar del genocidio: «Nadie se atreve a mencionarlo. Por eso yo lo digo»—. Mucho ha escrito ya la Historia sobre aquellos hechos, pero quizá nunca lleguen a formar parte de nuestra memoria colectiva como lo hace el Holocausto. Y a veces uno se pregunta qué hace falta para ser historia. Recuerda Vosganian que —de niño— su abuelo le prohibía matar a algún bichito que encontraba entre las páginas de un libro: «Los bichos están destinados a alimentarse de los pecados y errores del mundo. Eso mismo pasa con este escorpión: corrige los errores del libro». Años después —en 2009—, desde su Rumanía natal, este descendiente de emigrados armenios se define: «Ahora, el narrador soy yo, una especie de escriba que quiere enmendar los viejos errores. Por ello, soy un escorpión de libros».

Matar al padre

Recuerdo a un personaje de Lucano que, ante el cuerpo moribundo de su hijo —herido en combate—, decide suicidarse y obedecer así a la ley natural. Y es que todo padre muere a nuestros ojos: algunos cuando parten hacia el Hades; y todos en el día en que crecemos. Hoy quiero hablarles de esos «padres» —poco importa si son hombres, mujeres o símbolos— que planean sobre la obra escrita de sus hijos. Seguro que el lector está pensando ya en Franz Kafka. Y hace bien: su Carta al padre es quizás el mayor documento sobre el tema. En 45 páginas mecanografiadas, el Kafka de 36 años, valiente y decidido al fin, arroja sus reproches sobre un padre despótico al que siempre temió. La carta es real, y era intención de Franz —según su amigo Brod— hacerla llegar a su destino y tender así un puente entre su padre y él. Pero la madre del artista, escéptica tal vez ante un acercamiento, prefirió devolver los papeles a su hijo. Hermann Kafka nunca supo nada, pero el texto ha bastado como prueba en el juicio de la historia; y aunque algunos lo intentan —hay libros que pintan a Hermann como un tipo apacible y buen patrón—, su memoria ya nunca será absuelta.

Entre los grandes temas de Dostoyevski, el parricidio ocupa un lugar de excepción. De él habló en una de sus obras mayores —Los hermanos Karamázov— y a él dedicó, al parecer, no pocos pensamientos a lo largo de su vida. Tanto que llegó a sentirse culpable al descubrir que su padre —que gobernaba el hogar con mano de hierro— había muerto asesinado, víctima de sus propios siervos. Pero no sean duros con el pobre muchacho: es verdad que el crimen encarnaba sus deseos más ocultos, pero eso —como suele decirse— ocurre en las mejores familias. Ni siquiera el padre merezca quizás la eterna condena del recuerdo, pues ser autoritario era lo común en esos días y, al fin y al cabo, el tan traído Mijaíl velaba por el bien de su familia. Durante su infancia, Fiódor y sus hermanos encontraron refugio en el cariño de su madre. También lo hizo el padre, y la temprana muerte de su esposa le hundió en la depresión y el alcohol. Un par de años después, mientras estudia en San Petersburgo, el joven Dostoyevski recibe la terrible noticia: cansados de su violenta tiranía, algunos campesinos se habían lanzado sobre el padre de Fiódor y le habían forzado a beber vodka hasta morir ahogado.

Howard P. Lovecraft fue un niño enfermizo, criado entre las faldas de su madre y sin apenas contacto con el mundo. Lector infatigable, iba poco al colegio y, cuando iba, sus inquietudes le hacían sentirse al margen —«fui raro y sensible», nos dice él mismo; «rechazado por los seres humanos, busqué refugio en los libros»—. Alguno dirá que estaba destinado a escribir lo que escribió —incluso al final de su vida, una extraña sensibilidad a las bajas temperaturas le empujaba a recluirse en casa—: y es que a él le debemos una obra que, en pleno siglo XX, consigue inquietarnos como si a nuestras espaldas no lleváramos lo que llevamos ya.

Howard era un crío cuando su padre murió. Para entonces, el hombre llevaba cinco años entrando y saliendo del psiquiátrico y había sido inhabilitado legalmente por sus trastornos neurológicos. Lovecraft siempre dijo —y probablemente pensó— que su padre murió paralizado tras sufrir un colapso nervioso debido —diríamos hoy— al estrés. Sabemos, sin embargo, que fue la sífilis la que destrozó sus nervios. Y lo supo su esposa, una puritana también algo neurótica que educó a su hijo en el odio hacia el putero de su padre. Recordándole continuamente su supuesta fealdad, quería al chico sólo para ella y le animaba a apartarse de sus semejantes, crueles y perversos. Así creció Lovecraft, entre rancias solteronas por el día y presa fácil por la noche para el miedo y el delirio. Y así, unido a su querida madre, vivió hasta que ella —ingresada en el mismo hospital en que murió su esposo— moría aquejada de histeria y depresión. Allí quedaba el verdadero «padre» de Lovecraft.

Ryūnosuke Akutagawa da nombre al premio literario que todo joven japonés quiere ganar y fue, durante un tiempo, la voz nipona más oída en Occidente. Los caprichos de la posteridad han querido que hoy en día sea poco lo que podemos leer de su obra en castellano —algunos cuentos en Miraguano, una novelita «a lo Swift» y no mucho más—. Este «niño dragón» —eso significa su nombre, pues nació en el día, mes y año del Dragón— tuvo por madre a Fuku, una hija de antiguos samuráis tan bella y delicada como tímida y enferma. Pasado un año desde el nacimiento del muchacho, Fuku enloquece y vive una década sumida sin remedio en una plácida demencia —comfortably numb, que diría Pink Floyd—: «mi madre estaba loca» y pasaba los días —nos dice el propio autor, víctima ya de la esquizofrenia, en 1926— fumando en una larga pipa y dibujando personas con cara de zorro. Su «padre» fue —también— una tía posesiva y solterona, que se hizo cargo de un niño introvertido que sufrió convulsiones durante años. Le crió, sí, pero también le atormentó recordándole a cada paso la enfermedad de su madre y haciéndole temer el poder de los genes. Lamentablemente, la agorera resultó tener razón: «El mundo en que vivo tiene como base un sistema nervioso enfermo, lúcido como el hielo», dejó escrito en carta abierta poco antes de quedarse dormido leyendo la Biblia. Tenía 35 años y había ingerido una sobredosis de veronal.

Soldados de la luna

En uno de sus fantásticos cómics —novelas gráficas, si quieren—, Alan Moore nos habla de una guerra heredada entre el sol y la luna: entre el hemisferio izquierdo del cerebro —«la lógica, la ciencia, nuestros atributos apolíneos»— y el derecho —lo dionisíaco: «la magia, el arte y la locura»—. Caminar en la senda del progreso no ha hecho sino ensanchar la «fina hebra de cartílago» que nos divide. Un obelisco al sol ensombrece la tumba de Blake —«el mayor loco sagrado de Inglaterra»— y nos recuerda que ya no es tiempo de quimeras. Y sin embargo, no hay momento en que la noche no reclame su atávico trono, ni obra magna alumbrada solamente por el sol. A los lunáticos se los mira, se los teme, se los trata. Se los encierra. A estos enfermos —poetas, artistas y hechiceros— yo, como Moore, prefiero llamarlos «soldados de la luna».

Les hablé en otro momento de lunáticos ilustres. Hoy quiero retomar lo que dejé y escribir sobre autores que pasaron por las cárceles del sol. Tales instituciones me han creado siempre un sentimiento incierto. Pero, cuando pienso en las prisiones que en su día fueron, me consuelo recordando al bueno de Swift, que legó su fortuna a la fundación de un hospital psiquiátrico en Dublín. La elección no fue fortuita, ni se trataba de dejar dinero a cualquier causa filantrópica: Swift temió a la locura durante años, y no sin motivo. Primero llegó la depresión, acentuada por la muerte de varios amigos y —sobre todo— la de «Stella». Había conocido a la muchacha —la huérfana Esther Johnson— cuando ella apenas tenía ocho años y él rondaba ya los veinte. Su relación fue extraña y ambigua, pero siempre cariñosa —hay quien piensa que se casaron en secreto casi tres décadas después—. Estuvo junto a ella en su agonía, e incluso se encontró un mechón de su cabello en los cajones del artista. Luego —poco a poco— se acerca la victoria de la luna: un fuerte ataque le priva del habla, y en sus últimos años tiene que ser protegido para evitar que se dañe a sí mismo —llega a intentar arrancarse un ojo inflamado—. En 1747 —dos años después de su muerte— abría sus puertas el Hospital de San Patricio para Imbéciles —así los llamaban entonces—. Una de las salas del centro —que funciona todavía— lleva el nombre de Stella.

Pasado un siglo, nacía Maupassant. Los genes —y la sífilis— le robaron la razón alrededor de los cuarenta. En 1892, se corta el cuello con su navaja de afeitar; varias veces lo intentó, antes de ingresar en la clínica del prestigioso Dr. Blanche. Allí vivirá un año y medio, andando a cuatro patas y comiendo —según cuentan— sus propios excrementos. «El señor de Maupassant se vuelve un animal», dice la última anotación en su historial. Su madre le sobrevivió y vería —supongo— su epitafio en Montparnasse: «Lo he codiciado todo, y nada me ha dado placer».

¡Qué distinta la vida de Pound en el psiquiátrico! Lejos de reptar y ladrar, el poeta americano pasó su reclusión trabajando en los Cantos y traduciendo a Confucio. Y es que Pound nunca estuvo loco. Escritor de vanguardia, no encontró su lugar sino en Europa: primero Londres y París, después Italia. Allí le fascinó la figura de Mussolini. No tardó en mostrarse antisemita y llevó a cabo labores de propaganda durante la guerra. El 2 de mayo de 1945, Pound es arrestado por partisanos italianos. Convivía, entonces, con su esposa Dorothy y con Olga —la que fue su amante durante medio siglo—. Ambas «se odiaban fríamente»; cada una de ellas le dio un hijo. Los partisanos no debieron de verle mucho interés a un poeta detenido con un ejemplar de Confucio y un diccionario de chino en sus bolsillos, pues pronto le soltaron. Pero la guerra tocaba a su fin, y Ezra y Olga se entregaron al ejército americano —Dorothy encontró la casa vacía a su llegada—. Olga regresó después de cuatro días —de los más felices de su vida, diría más tarde—. Juzgado por alta traición, el prestigio de Pound le libró de una más que probable ejecución: la intelectualidad del momento logró que se le declarase loco e ingresara en el hospital de St. Elizabeth. Tras doce años de encierro, el poeta volvería a Italia, esta vez para siempre. Murió en 1972, dos días después de cumplir los 87 años.

Ningún artista ha pasado por loco con tanta facilidad como los surrealistas. Dejen que me despida por hoy hablándoles de uno que lo estuvo realmente. Antonin Artaud se interesó siempre por lo arcano, pero fue a su regreso de México —donde convivió con los indígenas y experimentó con el peyote— cuando se sumergió de lleno en el mundo de la astrología y el tarot. De vuelta en Francia, retomó su consumo de opio, al que estaba habituado desde que sufriera sus primeros problemas nerviosos en la adolescencia. Allí se haría con un bastón que —aseguraba— había pertenecido a San Patricio y —antes— a Jesucristo y Lucifer. Se dirige a Irlanda —la tierra del santo—, pero es incapaz de comunicarse y acumula deudas en la habitación de un hotel. Deportado, dos miembros de la tripulación del barco en que viaja se lanzan sobre él y le ajustan una camisa de fuerza. Pasa una década encerrado en diversos manicomios, donde las terapias del momento acaban de destrozarlo. Sería capaz de retomar su actividad intelectual, pero en 1948 se le diagnostica un cáncer de intestino. Un par de meses después, muere solo en una clínica, sentado en la cama y sosteniendo —dicen— su zapato izquierdo. Una dosis letal de hidrato de cloral fue quizá su último acto de cordura.

Los salvados

Primo Levi cerró su Trilogía de Auschwitz con una reflexión sobre Los hundidos y los salvados del Holocausto. Escribe allí sobre el fenómeno, ilustrado en no pocos suicidas, de la culpabilidad que el superviviente llega a sentir por la muerte de los caídos. De todo ello les hablé en otro momento; y también les he hablado de muchas de las víctimas del siglo pasado. Por eso hoy quiero dedicar —por una vez— unas líneas a los que vieron de cerca la muerte y se salvaron.

Empezaré con un caso tan popular como mal conocido. Famosa es la epilepsia de Dostoyevski —y no sólo por haber engendrado a personajes tan suyos como el Mischkin de El idiota o por marcar, se dice, su manera de mirar y contar el mundo—. Pero se ha exagerado el papel que la enfermedad pudo tener en la «milagrosa» salvación del escritor ante el pelotón de fusilamiento. De salvación poca, y de milagrosa —pueden suponer— menos aún. Se escucha con frecuencia que uno de sus ataques impidió la ejecución, o incluso que la experiencia de verse ante la muerte agravó —y hasta causó— su enfermedad. Es verdad que el exilio acentuó su dolencia, y lo es también que la amargura del autor bebe —en parte— de sus males. Pero detrás de la célebre anécdota se esconde —de nuevo— la mano cruel del semejante.

La militancia de Dostoyevski en un círculo anti-zarista motivó su detención en abril de 1849, acusado de conspirar contra Nicolás I. Los zares no se andaban con chiquitas, y a Fiódor y sus «compinches» los sentenciaron a muerte y los llevaron al paredón para ser ajusticiados. Es entonces cuando se produce el supuesto milagro: en el último momento, atadas a los postes las primeras víctimas y con las armas ya ante el rostro, un correo del zar galopa y entrega el indulto final: la pena será conmutada por unos años de trabajos forzados en Siberia. Dicho así, hasta suena a final feliz. Pero tras esta historia novelesca se adivinan los hilos del déspota. Y es que se sigue empleando —quién sabe si ahora más que entonces— la «ejecución simulada», tortura —o escarmiento— en la que el reo es sometido a la experiencia de creer que va a ser inminentemente ejecutado. Se preparan los detalles —el fusil, la silla, la inyección—; se encapucha al condenado —se le confiesa si hace falta—; pero el verdugo se queda con las ganas. A Dostoyevski lo llevaron al patíbulo con veinte grados bajo cero; le vendaron los ojos mientras aguardaba su turno; quizás hasta dejaran que oyese algún disparo. Y finalmente le hicieron creer que le habían salvado la vida. El artista no volvió a ser el mismo, eso es cierto.

Les hablé —otro día— de Von Horváth, aquel escritor alemán fulminado por un rayo mientras «disfrutaba», fugitivo del nazismo, de una estancia en París. Como alcanzado por los dioses, les decía. Hablemos ahora de Horacio; pero no del Horacio de siempre, sino del de una oda poco recordada: aquella en la que el poeta maldice un árbol de su finca sabina que —al caer— estuvo a punto de matarle. Corría el año 30 a.C., cuando el autor de los versos beatus ille y carpe diem veía su fortuna como un regalo de los dioses, a él y a la posteridad. Lo ocurrido puede leerse en el libro segundo de sus odas, donde dice —en sentido homenaje— haberse visto junto a Safo y Alceo, amenizando la eternidad del Hades. Horacio, que nunca olvidaba la muerte, celebraba cada año —con un modesto ritual en ese rincón de la finca— la fecha en que los dioses protegieron su vida.

Dicen que hay amores que matan, y el de Rimbaud y Verlaine a punto estuvo de costarles caro. Sabido es que —en un arrebato de furia y embriaguez— Verlaine, que había invitado al joven talento a viajar a París e incluso a vivir junto a él y su esposa, propinó al muchacho un disparo después de que su relación pasara por todo tipo de avatares. La herida —en la muñeca— no fue grave, y el propio Verlaine —arrepentido y torturado— lo llevó a que lo curaran. Para su desgracia, eso no le libró de pasar un par de años en la cárcel.

Pero el amor que quiero recordar como cierre de estas notas es el de Bilhana, poeta cachemir del siglo XI cuya vida suena tanto a leyenda que la creo plenamente. Gracias a Hiperión, se leen en español Los cincuenta poemas del amor furtivo, hermosa colección de versos en la que algunos ven «el Cantar de los cantares sánscrito». Cuenta la historia que el poeta se hizo cargo de la educación de la única hija del rey Madanabhirama, a la que éste adoraba. La formación de la joven derivó en un tórrido romance que, en la corte y en tiempos de espías, no podía durar en secreto. El rey, no muy contento —al parecer— con tal maestro, lo metió entre rejas. Poco de esto es comprobable, y menos lo que sigue. Condenado a morir empalado, Bilhana comienza a subir los cincuenta escalones que le llevarán hasta el cadalso. Pero se detiene en cada uno, y allí recita unos versos en los que rememora su pasión por la joven princesita, temblorosa «por la fatiga que deja el disfrute del amor». El empalamiento es un precio razonable para tanta delicia. Conmovido por la honestidad y belleza de los versos, el rey le perdona la vida y le convierte en su yerno. Final feliz, por una vez. Y como saben que en tierras de Monterone ficción y realidad se confunden, dejemos que la leyenda endulce por hoy nuestra historia.